Adviento, un camino hacia el pesebre

Un Dios en camino hacia nosotros

Este tiempo no sólo abre el año litúrgico sino que es como la constante, la clave musical, de todo tiempo litúrgico, de todo tiempo de salvación. Esta clave es que salimos al encuentro de un Dios que viene a nosotros. Podemos salir hacia Él porque, infinitamente antes, Él está sediento de encontrarse con nosotros. El Dios que nos ha llamado a la existencia, a la luz, a su Vida, es un Dios que siempre está como en camino hacia nosotros. El que viene es un Nombre propio de Dios, nos revela su Rostro y su Corazón. Dios no se queda encerrado en su “mundo” sino que “viniendo” crea el mundo, crea a la persona humana con un espacio en sí misma para acoger las constantes venidas de Dios, para recibir sus palabras, para recibir a su misma Palabra, a su Hijo, que en la plenitud del tiempo vino a nosotros en la humildad de su ser Niño.

La venida en la Encarnación, plenitud del Adviento y fundamento del definitivo Adviento de la Gloria, misterio de la manifestación de la bondad de Dios, posibilita su venida continua a nosotros, por la gracia, por los sacramentos, en la Iglesia, en el rostro del hermano sufriente y necesitado. La Encarnación no está cerrada sino que continúa operante: cada día es Navidad, así como cada día es Viernes Santo y Pascua. Cada día vivimos -en la gracia filial- de la Encarnación, de la venida misericordiosa del Hijo en la carne. Esta venida en la Encarnación quiere incorporarnos, adentrarnos día a día, en el Misterio de Jesucristo. Dejándonos “visitar” por el Verbo hecho carne podemos ir naciendo día a día en la verdad y belleza de nuestra humanidad, la humanidad querida por Dios que sólo se revela en Jesucristo, y en el “ser filial”, donado como regalo de los regalos en el Nacimiento del Hijo en Belén. Viniendo constantemente nos prepara para el Día grande en que venga definitivamente para llevar a plenitud la obra que ha comenzado en nosotros: para llevarnos y comunicarnos definitivamente al Padre.

La buena Palabra que Dios suscita en nuestro mundo

El profeta Jeremías recuerda la fidelidad de Dios a su Alianza, a sus promesas. Esta fidelidad es la roca firme de nuestra esperanza. El profeta proclama que Dios cumplirá la promesa del envío del Rey Salvador, del Rey de Paz. Este Rey, descendiente del brote de Jesé, será no sólo el Pastor verdadero que conducirá y reunirá a su pueblo sino también el Rey Sacerdote que ofrezca la oblación digna, agradable a Dios. Su realeza y su sacerdocio es promesa de paz, de reconciliación, de una Alianza que ya no será quebrada. En este MesíasSacerdote el pueblo será definitivamente propiedad del Señor, ya nada podrá apartarlo de la gozosa fidelidad a su Alianza. Los textos originales son realmente sugestivos cuando nos presentan esta profecía del capítulo 33 de Jeremías: “Vienen días, dice el Señor, en que suscitaré la palabra buena –bella que he dirigido a la casa de Israel y a la casa de Judá”.

Suscitaré una Palabra buena, una bella Palabra, según mi promesa, mi fidelidad a lo que he hablado. Así reconforta el Señor la esperanza de su pueblo. Esta Palabra buena, que el Señor va a suscitar, es –sin duda el Evangelio, la Buena Palabra, la Palabra bella por antonomasia. El Evangelio es la Gracia de Jesucristo en nosotros. Es Jesucristo mismo, revelador del Padre y salvador de los hombres, luz y salvación de las naciones. El Evangelio, la buena Palabra que el Padre suscita, es el Hijo amado, que brota del Corazón del Padre como su Verbo hermoso. Ese Verbo hermoso, ese Evangelio viviente, será pronunciado por el Padre en nuestra caída humanidad, para levantarla en Él. La Voz eterna del Padre que se vuelve al Hijo amado, para decirle en el hoy de la Vida Divina: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”, en el misterio de la Encarnación se abre y se pronuncia sobre la humanidad herida y enferma. El Hijo es suscitado por el Padre en nuestra humanidad para que sobre Él, verdadero hombre en la Encarnación, y sobre nosotros, incorporados a Él por el bautismo, pueda pronunciarse en el “hoy” del tiempo, transformado en tiempo de gracia misericordiosa: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.

El nacimiento de Jesús en Belén, el brotar de la Palabra eterna en el barro de nuestra creaturalidad, es el comienzo de nuestro renacer, es volver a ser creado. El Hijo nace en la carne para que seamos engendrados desde esa Palabra buena que el Padre pronuncia en el tiempo. Ser pronunciados por el Padre desde la Palabra buena, su Hijo amado, ser suscitados por el Padre desde la Palabra, hecha nuestra por la encarnación, esa es la Buena Noticia que comunica la Navidad.

Fray Marco Antonio Foschiatti OP

Oración para el tiempo de Adviento

La tierra, Señor, se alegra en estos días,
y tu Iglesia desborda de gozo
ante tu Hijo, el Señor Jesús,
que se avecina como luz esplendorosa,
para iluminar a los que yacemos en las tinieblas,
de la ignorancia, del dolor y del pecado.
Lleno de esperanza en su venida,
tu pueblo ha preparado esta corona
con ramos del bosque y la ha adornado con luces.
Ahora, pues, que vamos a empezar
el tiempo de preparación
para la venida de tu Hijo,
te pedimos, Señor,
que, mientras se acrecienta cada día
el esplendor de esta corona, con nuevas luces,
a nosotros nos ilumines
con el esplendor de Aquel que,
por ser la Luz del mundo,
iluminará todas las oscuridades.
Te lo pedimos por Él mismo
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

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